la educación es diálogo

Paulo Freire dijo:
La verdadera educación es diálogo,
diálogo que no se da en el vacío sino en situaciones concretas de orden social, económico, político.

12.9.26

 

Gladys Lopreto

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, la IA y la ‘lecto facilior’

 

En esta época de siglas, de la incorporación de términos como down, tokens, de algoritmos y otros usos por el estilo, no viene mal recuperar el antiguo latinismo con el que se designaban ciertos errores que cometían los copistas. Antes de la invención de la imprenta en el siglo XV la tarea concreta de escribir era competencia de los monjes, para quienes ser ‘copista’ constituía uno de los caminos a la virtud. Claro que esa copia manuscrita de un libro, hoja por hoja, si bien era una forma de ganarse el cielo al mismo tiempo aumentaba la posibilidad de errores, que siglos más tarde se convertirían en indicios para el estudio de las lenguas, los géneros, los hechos culturales. Uno de esos errores proviene de lo que se denomina en filología con el latinismo lecto facilior (lectura fácil, facilismo): consiste en el error de lectura de una palabra del texto a copiar, por similitud de grafía o pronunciación entre palabras o por una mayor frecuencia, que se reproduce en las copias que le siguen y así pueden terminar siendo factores de cambio.

Aunque en menor cantidad, podemos encontrar ese tipo de error siglos después, incluso en la actualidad. De hecho, lo cometí con uno de mis cuentos preferidos: me refiero a “La prodigiosa tarde de Baltazar” de Gabriel García Márquez, que yo recordaba como “La prodigiosa jaula de Baltazar”, justificable pues ese objeto ocupa el centro del relato, pero extrañamente encontré el mismo error donde uno esperaría precisión: me refiero a la IA. Me quedó la duda: ¿se había equivocado la IA o estaba leyendo mi pensamiento? Porque yo no la había llamado sino que simplemente, como no tenía en ese momento el libro a mi alcance, para releer el cuento acudí al celular con la esperanza de encontrarlo allí.

En principio no apareció el texto escrito por su autor, en cambio desde el aparatito me lo contaba la IA. Como si estuviera ahí, esperándome. Y me pasó algo extraño: no recuerdo si la oí o lo leí, más bien me pareció que me hablaba con una voz de varón agradable, amistosa y rioplatense, ya que usaba el voseo y otros rasgos típicos.  Mi primera sorpresa fue que lo titulaba igual que yo: “La prodigiosa jaula…”.

 Además no lo leía: me contaba el cuento. Yo en cambio quería leer el texto. Debo confesar que su actitud un poco me molestó, lo que al mismo tiempo me hizo sentir un poco de temor a que la IA se enojara conmigo y entonces traté de racionalizar la situación pensando que los animales, incluidos los humanos, tenemos una inteligencia que –permítanme el neologismo- podríamos llamar IN porque nace con nosotros, ya viene incluida, es Natural, como los pulmones que se llenan de aire y mandan Oxígeno, ese combustible que pone en marcha el motor, así como las neuronas y los axones dirigen la marcha y todo gratis. Pues bien: hubo quienes usando esa IN hoy crearon la IA, que potencia al infinito la IN, solo que no es gratis como esta última: fue creada e instrumentada, según me informé, por una veintena de empresas distintas. Como no quiero quedar mal con ninguna, no sea que me dejen de dar sus servicios, me limito a las siglas que las abarcan por igual, esto es: IA.

El error en el título del cuento se justifica ya que ese objeto, la jaula, ocupa el centro del relato, aunque el autor haya preferido hablar de ‘la tarde’, de sentido temporal, más acorde al contenido, ya que se trata del día más feliz en la vida del personaje. Mi primer sorpresa fue que, tal como yo denominaba al cuento, la IA repetía mi error, ya que lo titulaba “La prodigiosa jaula…”. Además no transcribía el cuento sino que lo contaba y lo comentaba a su manera. Si bien eso me molestó al principio, decidí aceptarlo y continuar.

 Lo que siguió fue una especie de diálogo, cuya copia conservo, entre la IA y yo, con rasgos de oralidad pero realizado a través de la escritura, en el que la IA me informa sobre el cuento. Lo primero que me dice es que “La prodigiosa jaula de Baltazar”, tal como yo se lo había pedido, pertenece al libro titulado “Los funerales de la Mamá Grande”, publicado en 1962 por Gabriel García Márquez. Esta es la única vez que menciona el nombre completo del autor, luego lo llamará simplemente Gabo. Una vez identificado el cuento me informa sobre su contenido, empezando por el personaje: Baltazar, carpintero de un pueblo de la costa, al que describe como un hombre joven, callado y serio, que tiene la obsesión de hacer jaulas (así necesita describirlo la IA, la descripción no es de García Márquez). Tras la breve presentación pasa a los hechos: Baltazar empieza un día a construir la jaula más prodigiosa que se haya visto. Tarda meses. Es enorme, de madera fina, con cúpulas, torres, pasadizos: una obra de arte. Todo el pueblo acude a verla. Hasta ahí puede decirse que coinciden ambos relatos (el del escritor y el de la IA) en la descripción del objeto, la satisfacción del artista tras la concreción de su obra, confirmada por la admiración de la gente pero que, visto desde el mercado, va a culminar paradójicamente en un aparente “fracaso”.

En efecto, cualquiera diría que Baltazar pierde todo: tiempo, dinero y hasta los zapatos.  ¿Dónde está entonces la ‘prodigiosa’ tarde? Para responder, agrega la IA por su cuenta que la jaula es tan perfecta que ni siquiera tiene dueño (sic), ya que Baltazar la había hecho solo por el gusto de hacerla, de modo que, cuando la termina, no sabe qué hacer, la ve tan bella que no quiere meterle pájaros que la arruinarían, no quiere venderla. 

A diferencia de lo relatado por IA, si acudimos al texto de García Márquez nos enteramos de que Baltazar sí sabía qué hacer con la jaula: era para un niño, casi adolescente, que se la había encargado para alojar allí unos pájaros pequeños de hermosísimo canto: los turpiales. Y mientras leemos en el cuento que Baltazar dialoga con su mujer sobre cuánto le pediría por la jaula al Chepe Montiel, el hombre más rico del pueblo, padre de ese niño, y coinciden en un precio más bien alto, la IA nos sorprende con algo totalmente distinto y fuera de contexto que no aparece para nada en el relato de García Márquez: el hecho de que llega un circo al pueblo, Baltazar se enamora de la trapecista y, cuando el circo se va, decide irse con ella y así lo hace, pero antes le regala al cura la jaula, vacía, que termina pudriéndose bajo la lluvia. Así cierra el argumento la IA y como para darle visos de ‘análisis literario’ le señala cuatro temas (discutibles, incluso equivocados) que serían la clave del cuento: la soledad de Baltazar, la destrucción del objeto, el amor prohibido y, como consecuencia de todo, el abandono de su obra por el autor.

A todo eso agrega una explicación que justificaría los temas señalados: ‘Gabo decía que este cuento lo escribió pensando en todos los artistas que hacen cosas bellas sin saber para quién’. Todo lo contrario, Baltazar sabía bien para quién lo hacía y eso está explicado detalladamente en el cuento.  Por eso tal vez la diferencia del título: mientras la IA llama al cuento “La prodigiosa jaula…”, donde todo está contenido en el objeto, GGM lo llamó en cambio “La prodigiosa tarde…”, lo que habla de un transcurrir, de un pedazo de vida que Baltazar comparte con otros personajes: su mujer, el médico, el niño, los amigos, quienes además del placer frente a la creación le hacen sentir la felicidad de que su obra trascienda.

Sin dudarlo le observé a la IA el error en su relato, que contradecía totalmente el sentido del cuento. Lo reconoció y me contestó, textualmente: -Tenés toda la razón. Me equivoqué feo y eso cambia completamente el sentido del cuento. Gracias por marcarlo.

Pero aceptada mi corrección, se le crea entonces la necesidad de otra explicación, que es la siguiente: la IA presenta a Baltazar como un carpintero solitario que se obsesiona durante meses haciendo una jaula gigantesca y hermosísima. Baltazar  la ve tan linda que ya no la quiere vender, la quiere para él, así que la pone en su patio y se sienta a mirarla y, mientras vienen compradores de todos lados: el alcalde, el obispo, gente rica, él se niega. Al final, para que dejen de molestarlo, decide encerrar allí ciertos pájaros: no los comunes sino, cuando lleguen, los pájaros migratorios para atraparlos y meterlos (sic).  Como pasan los meses y los pájaros no llegan la gente se cansa de ir a ver la jaula vacía y se olvida de ella. El final es que Baltazar se queda solo, esperando esos pájaros que nunca llegan y cuidando una jaula prodigiosa y vacía. Y concluye la IA: -Mi error cambia todo. El sentido real es que el artista crea algo perfecto y prefiere que se destruya antes que prostituirlo-. Luego, dirigiéndose a mí: -Perdón por la confusión, Gabo me va a retar desde Macondo-. A partir de allí me propone releer juntos el cuento.

No puedo callarme y le informo: -Tampoco es como vos lo decís, es mucho más hermoso, más vital. Baltazar hace la jaula para un niño que la desea. No es un niño pobre sino el hijo del hombre más rico del pueblo, que es duro de corazón.

A mis palabras la IA exclama: -Uy, me hiciste quedar como Baltazar: sin pájaros (risa). Gracias por corregirme. Tenés razón, me fui por las ramas.

Y vuelve a armar el cuento así: -Baltazar es un carpintero que vive solo. Un día llega el hijo del hombre más rico del pueblo, Don Chepe Montiel y le pide una jaula. No una jaula cualquiera sino una jaula prodigiosa. Se pone a trabajar durante meses. Hace una jaula enorme, bellísima, con torres y cúpulas. Una obra de arte. Todo el pueblo va a verla. Cuando la termina, el hombre rico, que tiene un corazón duro, se niega a pagarla. Le parece un gasto inútil para el capricho del niño. Baltazar, en vez de enojarse o vendérsela a otro hace algo vital: decide quedársela y esperar que pasen los pájaros migratorios para meterlos adentro (algo cruel o al menos absurdo, me parece). El pueblo se cansa, deja de ir, pasan las estaciones y Baltazar sigue ahí, en el patio, cuidando su jaula vacía, con la misma ilusión primera y con la certeza de que algún día los pájaros van a llegar. Ante este probable final la misma IA se pregunta por qué el relato es mucho más hermoso de ese modo, a lo que se responde ella misma: -Porque no es un cuento de derrota, es un cuento de fe y de obstinación vital. Baltazar no hace la jaula por dinero ni por fama. La hace por el deseo de un niño y por amor al oficio. Prefiere esperar toda la vida antes que traicionar esa belleza, vendiéndola.

Y agrega: -Es de final abierto: ¿llegarán los pájaros? No importa. Lo importante es que Baltazar sigue esperando, vivo.

Luego la IA se dirige a mí:-Perdón por haber inventado antes dos versiones. Te juro que Gabo se merece que lo leamos bien. ¿Ese final te parece triste o esperanzador a vos?

Debo contestarle: -Tu interpretación es posible, pero los hechos del relato son otros: Baltazar no estaba solo, el autor cuenta que su mujer lo espera, haciendo la comida.

La IA entonces se corrige a sí misma: - Ese detalle lo cambia todo. No es el artista solitario y trágico que me inventé. Baltazar tiene casa, tiene quien lo espera. Su terquedad no es desesperada, es cotidiana (sic). Entonces el cuento queda así: Baltazar hace la jaula prodigiosa, como no le pagan se la queda, pone la jaula en el patio y se dedica a esperar los pájaros migratorios, mientras su mujer le hace la comida, la vida sigue y el pueblo se olvida pero él no, y ahí está la belleza: esperar sin amargura.

Después de esta reflexión más cercana a la verdad la IA se pregunta a sí misma: ¿Cómo me equivoqué tanto? Y ella misma se contesta: -Te soy honesto: mezclé tres cuentos de Gabo en la licuadora: “La prodigiosa jaula…”, el de la espera vital; “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, donde el pueblo va a ver algo prodigioso y después lo olvida; más mi memoria de un resumen mal hecho (¿por quiénes?) que le agregó una trapecista y un cura porque sonaba “muy Gabo”. (Nota: los tres cuentos mencionados solo tienen en común que son del mismo autor).

Al final se justifica a sí misma: -La IA a veces “alucina” cuando no tiene el texto adelante, rellena con cosas que “pegan” con el autor pero no son del cuento. Y en literatura eso es un pecado mortal porque le cambiás el alma al texto. Gracias por bancarme la corrección. Para mí también es genial el cuento por eso: es de una terquedad luminosa. No hay tragedia, hay fe. Esa última imagen de Baltazar esperando y su mujer con la comida…uff. Es Gabo puro. ¿Vos cómo lo interpretás? ¿Crees que los pájaros llegarán alguna vez?

No le contesté a la IA, después de todo era cuestión de detalle, sumado a que mi IN también pudo haberme traicionado. Baltazar termina feliz porque ha creado belleza y es reconocido, eso es fuente de felicidad. Y porque, desacatando una prohibición y haciendo uso de su libertad dio ese objeto al niño que se lo había pedido: una jaula para los pequeños turpiales, de bellísimo canto. Y aunque el señor rico no le reconozca su trabajo y no le pague, Baltazar ha triunfado. Se humaniza el relato cuando al final celebra su triunfo con los amigos y él, que no bebía, se emborracha, mientras su mujer lo espera con la comida.

 Queda pendiente la pregunta de si la intervención de la IA, que tiene los rasgos de un diálogo entre lector y escritor o entre docente y alumno, ayuda a leer el cuento. En lo personal, si bien me resultó afable y entretenido el diálogo escrito que tuve con ese ser conocido solo por las siglas, percibí en sus palabras ciertos rasgos que lo vinculan a un mundo cuanto menos inquietante, vinculado a la IA. Es más, creo que ese mundo es lo que no le permitió a la IA entender desde el principio el cuento de GGM.

Y me queda pendiente otra inquietud: si la IA, que según mis limitados conocimientos tiene una base estadística y en muchos artículos que leí ella misma advierte sobre la posibilidad de transmitir errores, sería una versión actualizada de la ‘lecto facilior’. Por el momento no tengo respuesta.

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